Rodrigo Romano
En el Zócalo capitalino, durante un acto público, Claudia Sheinbaum caminaba entre asistentes mientras, a pocos metros, Adán Augusto López, Luisa María Alcalde, Ricardo Monreal y Andrés Manuel López Beltrán estaban concentrados tomándose una foto y “no la vieron pasar”.
El momento se volvió viral en redes porque capturó algo más que una simple distracción: mostró a cuatro de los personajes más visibles de Morena en una dinámica propia, ajena a quien ocupa el centro del poder. Quizá también olvidaron eso.
Y como en Juego de Tronos, hay detalles sutiles que dicen mucho: movimientos que no se anuncian, pero se ejecutan. Posiciones que cambian sin una ruptura visible y un tablero que se reordena fuera de cámara.
Después de esa imagen, lo que siguió fue eso, justamente: un ajuste paulatino y sin confrontación directa.
Luisa María Alcalde dejó la dirigencia nacional de Morena después de haber sido una de las figuras más visibles del partido. Su salida coincidió con una etapa en la que la dirección política empezó a desplazarse hacia perfiles más cercanos al entorno presidencial, como Citlalli Hernández, quien quedó al frente de la Comisión de Elecciones de Morena, un punto sensible porque ahí se procesan candidaturas, alianzas y equilibrios internos.
El caso de Adán Augusto López muestra mejor ese ajuste. Llegó al Senado en septiembre de 2024, después de haber competido por la candidatura presidencial de Morena, como coordinador de la bancada y presidente de la Junta de Coordinación Política, una posición clave en el control legislativo. Se mantuvo ahí hasta su salida en febrero de 2026. Desde entonces, su papel quedó acotado dentro de la dinámica parlamentaria, lejos del nivel de operación que tuvo.
Algo parecido ocurre con Ricardo Monreal. Durante años fue una de las figuras centrales en la operación legislativa de Morena y también buscó la candidatura presidencial del partido. Hoy, aunque sigue presente, ya no marca el ritmo de las decisiones.
A diferencia de otros, Andrés Manuel López Beltrán no se movió. Su cargo ni siquiera entró en la discusión de cambios. Mientras la dirigencia se reconfigura, él sigue donde mismo, operando estructura y estrategia electoral. Sin embargo, eso no significa que su posición esté asegurada. Los ajustes han sido graduales, pero constantes.
Hay otro detalle que no puede dejarse de lado: Ariadna Montiel y su renuncia de la Secretaría de Bienestar, y su llegada más que cantada a la dirigencia del partido.
Una cadena de movimientos que, vistos en conjunto, muestran otra distribución del poder dentro de Morena. La foto de ese día en el Zócalo terminó funcionando como una imagen adelantada: un grupo concentrado en sí mismo, mientras el control político se desplazaba por detrás de ellos.