Luis Rubén Maldonado Alvídrez
La vida política es cada vez más intensa y omnipresente, tanto para la ciudadanía como para quienes ejercen el poder. Es la comunicación es el gran metrónomo que marca el ritmo. Existen políticos (en todo el mundo) que padecen una incontrolable verborrea; hablan solo por hablar, sin rumbo alguno. Muchos de ellos y ellas se olvidan, una vez que llegan al poder, que la gente vive su vida de manera cotidiana sin esperar lo que diga tal o cual gobernante o política; olvidan que la comunicación política es una batalla diaria por controlar la agenda pública, es que la atención se enfoque justo donde alguien lo desea.
Como bien lo define el consultor y académico argentino Mario Riorda, para que ello pase se necesitan cuatro factores: instalación, encuadre, tono y expectativas.
La instalación es como una puertita por donde tienen que entrar y salir los temas; en la que existen permanentes jaloneos para dejar que entre un tema o para excluir. Algo más parecido al cadenero de los antros o clubes nocturnos.
El encuadre consiste en, una vez que el tema pasó el filtro del “cadenero”, significa que ya se discute, ahora toca darle interpretación. Como si fuera un filtro de Instagram que le pones a la foto para que se vea como convenga y que va a hacer que el tema signifique algo en particular.
Tono significa que es la hora de que se incoropre el sentimiento. Es la intensidad con la que se presenta el tema. ¿Se habla con la cabeza fría, con pura lógica, o se le echa drama, pasión y hasta un poco de tragedia? El tono define la estética del debate, si es una plática de sobremesa o un grito de dolor.
Y por último, las expectativas: lo que se espera que pase. Las expectativas son el motor que le da vida al debate público, la esperanza o el miedo que nos hace actuar. La comunicación política, al revivir y mitificar el pasado, nos pinta un futuro que aún no conocemos.
En toda América Latina tenemos políticos de larga trayectoria que desdeñan la comunicación política y existen los que vienen en ascenso que están buscando que el reflector se pose sobre ellos; para eso necesitan estos cuatro factores.
Hay quienes no le ponen el interés adecuado y no logran conectar, no todos ni todas, son efectivas. ¿Quién es el más efectivo? El que más pega, donde aparece un nuevo fenómeno, un tipo de discurso que huele a tiempos modernos, a renovación total, pero también a castigo y exclusión.
Están muy de moda esos perfiles que llegan al poder por el voto en las urnas y una vez que se sientan en la silla presidencial o de la gubernatura, se creen dueños absolutos y se pasan por el arco del triunfo las instituciones. Deciden todo a su antojo, con una retórica cerrada, dogmática, que apela a lo nacionalista y prometen salvación si les haces caso, pero su eje, su motor, es el enemigo, el que está mal, el que no es como yo.
Estos líderes y sus seguidores legitiman su poder a base de tirarle a la democracia liberal, la que respeta las reglas. Con esto, erosionan las libertades, abusan del poder y dividen a la sociedad en bandos, creando una polarización que cala hasta los huesos. La gran ironía, la gran paradoja, es que la democracia, como sistema, es tan noble que cobija en su seno a prácticas que no son nada democráticas; cuestiones perfectibles.
¿Le suena familiar? Líderes incalzanble que no dialogan, para quienes el adversario, es solo humillarlo, pisotearlo, para que se caiga y quede estigmatizado. Su objetivo no es ganar, es la muerte política del contrario. La democracia, para ellos, no es un juego de competencia, es un juego de exclusión.
La fanaticada exclusiva: La soledad de estos líderes se acompaña de una fiel manada, de sus fans. Las reglas internas del club de fans, el aplauso y el culto al líder, son más importantes que las reglas de la democracia. Mientras más se pase de la raya el líder, más lo adoran. Situación que se vuelva tan tóxico que se ha metido hasta en partidos que antes eran de lo más democráticos.
En México lo hemos viste en el pasado reciente y lejano. La comunicación política es parte fundamental de la democracia y no siempre se utiliza para fortalecerla
ESPRESSO COMPOL
El popilismo echa a perder la fiesta a la democracia. No la hace mejor, al contrario, la degrada. Promueve el conflicto radical, la polarización violenta. Y en su intento de ser efectivo, de ganar a como dé lugar en sociedades ya de por sí frustradas y con miedo, transforma a la democracia en algo que ya no se siente tan democrático. Nos hace dudar si lo que vemos es todavía el juego que conocemos, o si nos han cambiado las reglas a mitad del partido.