Javier Castellón
Para mí es inconcebible que las diferencias políticas se diriman con violencia, así sea solamente verbal. Desde 2018, cuando el actual régimen se impuso en las urnas, la polarización y, por lo tanto, el discurso confrontativo, ofensivo y sin argumentos, se convirtió en política pública y deterioró crecientemente la discusión política.
Eso no quiere decir que la confrontación y el debate de las ideas no deba darse en política, pero siempre hay una delgada línea entre el duro contraste de ideas y el inicio de francos insultos personales contra quien se opone a todo lo que dice lo contrario. El talento político de una persona que se dedica a esa actividad, distingue claramente ambas situaciones y todo parece indicar que en el clima de enfrentamiento que vivimos, dicha virtud ha ido desapareciendo.
El episodio de los empujones entre los senadores Alejandro Moreno y Gerardo Fernández Noroña se enmarca en ese clima. Unos y otros subieron el nivel de la confrontación hasta llegar al intercambio de manotazos y puñetazos. Quienes hemos convivido con ambos legisladores, sabemos que son de los llamados “piquetes cortos” y tanto Alito como Noroña, como se les conoce en el mundo de los pugilistas políticos, no son inocentes angelitos y a ninguno de ellos les queda el papel de víctima.
El triste episodio debe superarse cambiando interlocutores a quienes practiquen un diálogo inteligente sin ceder en las posiciones políticas de cada legislador por más radical que sean, buscando establecer los límites necesarios entre la confrontación política y la agresión personal. Se ve difícil, en la medida en que el actual régimen se nutre de la polarización exacerbada y la necesita para escudarse ante los severos cuestionamientos de incongruencia, corrupción y colusión con el crimen que les endilgan sus adversarios.
Lo más desafortunado es que desde la tribuna presidencial se alienta la narrativa polarizante y se deja de lado cualquier posibilidad de buscar una discusión inteligente de los graves problemas que atraviesa el país, porque al caer en la provocación, todos los actores políticos los ignoran y terminan reprochándose mutuamente e incriminando a sus contrarios como intolerantes y violentos.
Lo tragicómico es que simpatizantes de ambos bandos se esfuerzan en defender a su peleador favorito y no se puede evitar pensar, como en los tiempos de luchas universitarias, que no hay porros malos ni porros buenos. Al final, solo son porros y lo único que les interesa es echar madrazos. Así ganan más.